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Reflexión
¿Cuál debe ser el propósito de la educación?
El propósito de la educación debe ser, en primer lugar, promover que seas feliz. El aprendizaje es un recurso para la felicidad y su objetivo máximo debe ser contribuir a que el individuo encuentre su camino y el mejor sentido de su vida (Echevarria, 2017). Partiendo desde el bienestar del individuo, la educación debe contribuir además, al desarrollo de conciencia sobre su entorno, desarrollo de sus capacidades y comprensión de sus necesidades (Alejandro, 2017). Esta visión de desarrollo integral, reta las tendencias educativas de nuestra época, enfocadas aún, en primera instancia, hacia la productividad del individuo en el marco del modelo industrial (Robinson, 2017). Pero, es cónsona con un futuro que exige pensamiento crítico, capacidad de trabajo colaborativo y capacidad para la solución de problemas complejos, a tenor con las exigencias del siglo XXI (Partovi, 2018; UNESCO, 2018; U.S. Department of education, 2017).
La felicidad es un concepto básico para el desarrollo integral del ser humano. Por lo que la educación debe ofrecer herramientas para una vida productiva, pero plena y feliz (Alejandro, 2017). Entonces, la felicidad que debe promover la educación es la que surge como consecuencia de que las personas puedan crear sus propias posibilidades, entenderse capaz de cambiar el mundo y leer su comunicación; necesidad a la que apunta Martín-Barbero (Martín-Barbero, 2003). También, debe promover la felicidad de percibir su historia como medio que le permite experimentar “la capacidad de comparar, de juzgar, de elegir, de decidir” (Freire, 2012, p.70). Es la felicidad de ser, vivir, hacer y conocer, la que puede motivar a la acción independiente y libre (Freire, 2012), la palabra que rompe el mutismo impuesto (Martín-Barbero, 2003). Esa palabra que te lleva a superar una cultura del silencio, a apalabrar el mundo (Martín-Barbero, 2003) para apoderarte del modelo que te obliga a rendir cuentas. Es el pensamiento crítico que exige el siglo XXI (Partovi, 2018; UNESCO, 2018; U.S. Department of education, 2017). Es la felicidad de ser un agente de cambio; la felicidad de construir tu propia felicidad. Es la felicidad de aprender a ser (Fernández, 2009).
El aprender a ser es parte de una educación integral que además, a lo largo de la vida debe contemplar aprender a vivir juntos, aprender a hacer y aprender a aprender (Mufti, & Delors, 1996). Aprender a vivir juntos responde a la necesidad de desarrollar conciencia sobre el entorno y la capacidad obligatoria de trabajo colaborativo que exige el siglo XXI (Partovi, 2018; UNESCO, 2018; U.S. Department of education, 2017). Es la noción de que “vivir es aprender a vivir colectivamente” (Garcés, 2010). Cuando aprendemos esto, disciplinamos nuestra voluntad y asumimos nuestros límites. De manera que es más difícil que podamos sucumbir a la “voluntad despótica, negadora de otras voluntades y, en realidad de sí misma (Freire, 2012, p.40-41).” Al mismo tiempo esta autoreflexión, sirve al individuo como el desafío necesario para “pensar críticamente la realidad social, política e histórica en la que vive” (Freire, 2012, p.52). Y ese pensamiento crítico, que motiva la curiosidad y el cuestionamiento, sirve como aliciente para el desarrollo de capacidades que nos permiten sustentar nuestros argumentos, desarrollando nuestras destrezas o aprender a hacer (Mufti, & Delors, 1996). Este aprender a hacer, con miras al siglo XXI, un futuro de cambios exponenciales y grandes avances tecnológicos , tiene un dinamismo sujeto en gran medida, a aprender a aprender (Partovi, 2018). Los niños y jóvenes de hoy tendrán que aprender a desarrollar conocimiento sobre aspectos que aún no se han inventado, solucionando problemas que ahora no pueden imaginar, con tecnologías que aún no existen (Darling-Hammond, 2015). Es la capacidad de solucionar problemas complejos, a través del pensamiento creativo y destrezas digitales, necesaria para el siglo XXI (Partovi, 2018; UNESCO, 2018; U.S. Department of education, 2017).
Esta propuesta sobre el propósito de la educación como medio al descubrimiento de nuestra felicidad, reta las tendencias educativas de nuestra época, un sistema desarrollado para preparar trabajadores, sin considerar sus necesidades como individuo (Robinson, 2017). Este sistema se pone al descubierto a través de teorías de reproducción y resistencia que expresan la percepción de las escuelas “como fábricas o prisiones,(donde) los maestros y estudiantes por igual actúan simplemente como peones de ajedrez y sustentadores de papeles constreñidos por la lógica y las prácticas sociales del sistema capitalista” (Giroux, 1985). Las reta además, cuando implica la necesidad de aceptar perder el tiempo. Cuando nos lleva a pensar, no en forma contemplativa sino activa, fruto de nuestro espacio de perder el tiempo, que realmente es el espacio para nuestro autoconocimiento, y el que nos permite crear nuestro propio discurso (Garcés, 2010). Además, las reta cuando se fundamenta en un currículo que es un verdadero punto de encuentro entre estudiante y maestro; el currículo que entiende los trasfondos y educa para vivir en sociedad sin sucumbir a ella, sin olvidarse de su ser y su bienestar, por perseguir un ideal de educación (Pinar, 2004).
Esta es la educación que nos permitirá la indignación que plantea Freire (Freire, 2012), porque al conocer lo que nos hace feliz, podremos reconocer lo que nos hace infeliz. Es la que nos hará superar la condición de sociedad ignorante que expone Brey (Brey, 2009), a través de la articulación correcta de nuestro contexto. La que nos motivará a tomar acción ante la pesadilla del currículo actual que describe Pinar (Pinar, 2004). Y a amar la educación, sin necesidad de odiar la escuela porque, contrario a la experiencia de Breaks (Breaks, 2012), ésta nos hace feliz y representa verdaderamente nuestro vehículo para alcanzarla. Además, a desarrollar nuestro propio discurso, y no la mera reproducción de otro como puntualiza Giroux (Giroux, 1985), con la capacidad de ver más allá de lo visible, tornando transparente el currículo oculto que exponen Acaso y Nuere (Acaso & Nuere, 2005). Es la educación que educa para el futuro. Esta es la educación que aspira a cumplir el sueño de cualquier niño, que desde su condición de niño, imagina qué quiere ser cuando sea grande y puede definir con seguridad, yo quiero ser feliz (LaPlante, 2013).
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